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| Un sueño cumplido |
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| Asomate |
“Uno no admira lo
suficiente las nubes. Quizás es por eso por lo que viajan tanto: la
indiferencia de los hombres las torna volubles”
Conde Russell
Cuatro locos, cuatro amantes, cuatro miradas,
cuatro mochilas cargadas de sueños y nervios cruzan el túnel de Bielsa rumbo a
esa montaña lejana. Es la montaña del Conde Rusell, es el “señor” de los
Pirineos. Lejos de casa, de la
civilización, de lo cómodo, de lo fácil, de este mundo revuelto del que
escapamos a una velocidad vertiginosa montados en la “furgonetilla” de Alberto,
que a veces nos da un poquillo de vértigo… Pollito duerme, descansa, acaba de bajar del
Mont Blanc y sigue soñando mientras le dejen, está pensativo, y sabe que estos
días le van a sentar bien, la incertidumbre, las caricias al cielo, un lugar a
la vez tan cercano y tan lejano como es el Circo de Gaube, y a su vez, ya
estamos pensando en vislumbrar la
imponente cara Norte del Vignemale….los cuatro.
Atrás vamos Iván y yo, que disimulamos lo
nuestro entre risas y chistes. Nos entendemos, nos queremos y estamos
dispuestos a dejarlo todo allí arriba. Para nosotros supone un reto, una nueva
aventura de la que estamos sedientos. Aceptamos, y entonces nos tornamos
efímeros, compañeros, y sobretodo respetuosos…
Caen los rallos de la tarde, y el sudor le
acompaña, las mochilas pesan cada vez más pero cada uno aporta un ingrediente
mágico para hacer del sendero algo más sobre llevadero. La escena es
divertida…. Todo el mundo baja con pequeñas mochilas rumbo al parquin de Pont
de Espagne, nos ceden el paso amablemente mientras clavan sus miradas en esos
estúpidos bultos del que sobresalen varias cuerdas y algún piolet…. ¿con este
calor?, ¿a estas horas? Me gustan estos cruces de miradas, muchas veces me
parecen de incomprensión… y también es otro de los motivos de repetir mañana.
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| Cae la noche y el sueño |
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| Pero no se duerme... |
Escurrimos camisetas, nos abrigamos, pedimos
cerveza en Oulettes de Gaube, preparamos
la cena, echamos unas fotos al anochecer, pedimos otra cerveza y nos alejamos a
montar nuestro chalet, se hace tarde y hay que madrugar. Disfruto con el paseo
lunar entre la arista del Vignemale y los caprichos de la luz, pero estoy
nervioso. Iván ya duerme, y sin hacer mucho ruido me acuesto a su lado. A las 3
30 ya estamos terminando de desayunar, infusión, azúcar, y una buena dosis de
agua para hidratarnos mal…como siempre. Vamos inventando el sendero, entre los
derrubios del glaciar nos acercamos por su morrena lateral hasta que comienza
el hielo, el caos, y el chirriante sonido de los crampones clavándose en el
suelo helado. Cruzamos alguna grieta, con talento vamos acercándonos a la base
de la pared, y a su vez el alba empieza a despuntar queriéndonos iluminar esa
cicatriz que surca el rostro más vertiginoso del Vignemale, la conocida ofita
verde, donde continúa esta aventura que ya ha comenzado hace un par de horas.
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| Laberinto de madrugada |
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| Búsqueda |
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| Cambio de texturas |
Nos ponemos a la labor, remangamos pantalones
y suspiros y avanzamos al ritmo de un sol que se reniega a bañarnos con su calor,
como avergonzado de iluminar este paisaje salvaje, agreste, alejado y lleno de
susurros alpinos que llenan nuestra imaginación. Pienso que toda pared es razón para el vuelo,
pero este lugar es diferente, sus casi mil metros de mirada nos hace sentir
ignorados, mientras parte de este libro enorme se deshace ante nuestras
miradas. Brazada a brazada, paso a paso, esfuerzo a esfuerzo vamos pasando
hojas de este libro milenario, nos montamos a la arista mientras Alberto y
Migue siguen la reseña “virtual” del señor Rabier, que como una lagartija
serpentea por la pared como si fuese el salón de su casa. Cada uno vive su
historia, su aventura, y de vez en cuando, comunicamos con ellos para saber en
qué página estamos. Pasan muchas horas de pared, de convivencia, de ensamble y
largos más y menos comprometidos, de cansancio, de derrota y de alegría, mientras
que metro a metro, vamos concentrándonos en la cumbre de este señor, que a su
vez se despeja y se libera de esa boira matinal que barría la punta. Tras
cabalgar por la arista nos cruzamos de manera intermitente hasta la zona de
esquistos rojos, que nos dan otros cien metros de cuidadosa escalada, tramos
descompuestos y sabor a arista, mientras olemos que la cumbre empieza a estar
cerca. El cielo se despeja, dejamos de mirar a las nubes y mientras hidratamos
un poco más seguimos usando manos, pies y concentración… estamos cerca, una
fuerte travesía a la izquierda y salimos a una última canal en la que subimos
de nuevo a ensamble…
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| Empezando la faena |
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| Amanece |
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| Caos veraniego |
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| Continuamos sueño |
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| Vuelo libre |
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| Los esquistos rojos... y rotos |
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| Camino a la Arista cimera |
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| Siempre en el horizonte... |
El Pirineo se extiende bajo nuestra mirada,
el momento es mágico. Otra vez aquí arriba. Se acercan recuerdos y la compañía
de Cester como el tercero de cordada mientras parece que una lagrima quiere
asomar después del esfuerzo y la alegría de estar tan cerca del cielo. Foto de
cumbre, repaso mental a las últimas catorce horas de aventura, ansiadas como la
vuelta al calor de nuestros sacos, mil metros más abajo. El resto es un paseo,
algún destrepe, muchas sonrisas y varios cambios de crampones y piolets…
Reencuentro feliz en Oulettes, ya se ha hecho de noche, y nosotros celebramos
con cerveza y sopa caliente que somos los cuatro alpinistas más felices de este
valle….
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| Salimos.... |
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| Felicidad |
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| Y otra tarde mágica de descenso eterno... |
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| Magnitud |
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| Un alto en el camino |
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| Hidratamos... |
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| Más rincones cercanos... |
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| Se escapa la luz... |
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| Mirando la línea |
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| Y despidiendo al sol... |
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| Desde casa... hoy no madrugamos! |
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| Nos levantamos felices....y encima no nos toman en serio... |